Otis Redding: gloria y muerte de un mito

La historia de Otis Redding es una de las más apoteósicas del mundo de la música. En tan solo tres años de trayectoria se convirtió en un auténtico icono cultural, especialmente entre la América negra, cuyos ciudadanos eran absolutamente ninguneados, apartados de sus derechos. Redding luchó con todas sus fuerzas por la igualdad racial, usando su influencia y su éxito para tratar de cambiar las cosas, con la mirada puesta en un futuro mejor para la gente de su comunidad.

Precisamente, uno de sus temas más recordados se titula ‘Respect’, donde pone sobre la mesa la importancia de que, en un país supuestamente libre como Estados Unidos, todos los compatriotas posean la misma consideración, y, también, el mismo respeto. En cuanto a la canción, Jerry Wexler, uno de los directivos de Atlantic, la discográfica del cantante, afirmó lo siguiente: “Sin ir más lejos, el respeto por sus raíces fue una de las principales cualidades de Otis, y ‘Respect’ se convirtió en un formidable himno de esperanza para todo el mundo”.

Al hablar de Redding, es obligatorio hacer referencia a su implicación para intentar paliar las injusticias sociales, pero no se puede pasar por alto su incalculable genialidad artística. Su voz traspasó cualquier tipo de frontera. Desde su primer álbum, Pain in My Heart (1964), cada lanzamiento discográfico consolidaba su leyenda gracias a unas interpretaciones con las emociones a flor de piel, ya sea por la inconfundible adrenalina y energía de sus momentos más movidos, o por la calidez de sus insuperables baladas, siempre con unas cuerdas vocales impulsadas por el factor más trascendente en un cantante: el alma. Y alma es exactamente lo que transmitía y sigue transmitiendo. A mediados de los sesenta, su espacio como el máximo exponente del soul ya era una auténtica realidad.

No obstante, su consagración definitiva no llegó hasta el Festival de Monterrey de 1967, en el que compartió cartel con algunas de las estrellas más rutilantes del momento, como The Who, Janis Joplin o Jimi Hendrix. Es particularmente destacable la anécdota que contó uno de los ayudantes de Otis, señalando que, lejos de la habitual seguridad en sí mismo que el vocalista siempre reflejaba, en Monterrey se sintió empequeñecido por los ilustres nombres que actuaron junto a él, todos ellos acompañados por equipos de sonido de última generación, mientras la presentación de Redding fue mucho más sencilla, menos ostentosa. Independientemente de la desconfianza que pudo padecer, su actuación le metió al público, mayoritariamente blanco, en el bolsillo. Todos quedaron cautivados tras presenciar aquel torbellino escénico.

Justo cuando su carrera estaba en la cúspide, llegó el fatal desenlace. El 10 de diciembre de 1967, cuando solamente tenía 26 años, cogió un pequeño avión que debía trasladarles a él y a su banda al Medio Oeste para celebrar un concierto. Todos subieron a bordo excepto el bajista James Alexander, que no pudo hacerlo debido a que no había asientos suficientes. Los motores del aeroplano fallaron cuando se encontraban en mitad del trayecto, precipitándose a las aguas del lago Manoma, en Wisconsin. El único miembro del grupo que sobrevivió fue el trompetista, Ben Cauley. La pérdida de Redding dejó a América incrédula y llena de dolor. Uno de sus grandes héroes, representante de sus mejores valores, se había ido para siempre. Dos meses después se publicó The Dock of the Bay (1968), álbum póstumo que dejó inacabado, y llegó al primer puesto de las listas. Un maravilloso broche de oro a su legado.

La muerte de Otis Redding ejemplifica de la mejor manera posible hasta qué punto el destino puede ser cruel, la forma en la que, incluso la luz más brillante y cegadora, se puede apagar por un horrible accidente. Mejor dicho, aquella desgracia no apagó ninguna luz. La de Otis brillará eterna en los corazones de quienes lo conocieron y en los afortunados que hemos descubierto su inmortal música.

“Hago música para reparar mi alma y, con suerte, ayudaré a reparar las de los demás “ - Bruce Springsteen

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