McCartney III: la historia de una vena artística infinita

Si algo positivo nos ha traído el 2020, es que ilustres nombres de la música han publicado nuevos discos. Bob Dylan, Bruce Springsteen, Neil Young o Elvis Costello han aprovechado este nefasto año para alegrar los corazones de sus innumerables seguidores. Por si la grandiosidad de estos artistas no fuese suficiente, Paul McCartney también se ha unido a la fiesta con un nuevo álbum, McCartney III, cocinado en su granja familiar de Sussex durante la etapa de confinamiento.

El trabajo es el último capítulo de una trilogía que comenzó en 1970, con la publicación de su primer trabajo en solitario, McCartney. El británico fue el primer miembro de los Beatles en lanzar una obra como artista solista tras la separación de la banda, y el resultado fue realmente positivo, ya que contiene algunas de sus composiciones más destacadas, como la inolvidable ‘Maybe I’m Amazed’. La segunda entrega de esta serie llegó una década más tarde con la edición de McCartney II (1980), considerablemente inferior al primero.

Para la tercera parte han tenido que transcurrir cuarenta años y el surgimiento de una pandemia mundial que ha trastocado los planes de todos. Está claro que cada uno ha tratado de hacer frente al confinamiento de la mejor forma posible, practicando el mayor número de aficiones para mantener la mente despejada. Y ya sabemos cuál es la principal pasión de Paul: crear música. ¿Qué mejor manera de sobrellevar una reclusión que dando forma a nuevas composiciones? Esto es lo que debió pensar el de Liverpool al verse encerrado en su casa rural, rodeado de naturaleza. Así pues, estos temas recientemente pulidos son los que conforman la nueva obra de McCartney, que, al igual que en las dos mencionadas anteriormente, él mismo se ha encargado de la realización del conjunto de las tareas, pues toda la instrumentación corre a su cargo, al igual que la producción y, obviamente, la composición e interpretación.

A estas alturas de su carrera, el nivel de exigencia no puede ser comparable al de su época dorada, aquella en la que nos regaló obras maestras como Ram (1971) o Band On The Run (1973). Pero, lejos de pasadas glorias, lo que ofrece McCartney III es a un artista consciente de sus puntos fuertes y, también, de sus limitaciones. Evidentemente, el registro de su voz ha disminuido notablemente con el paso de los años, pero en todo momento elige un tono acorde a sus capacidades actuales. Por lo tanto, que nadie espere portentosas demostraciones de poderío interpretativo similar al ofrecido en ‘Helter Skelter’, ‘Back in The U.S.S.R.’ o ‘Get Back’.

En cuanto a las composiciones, se aprecian las dos vertientes más características de McCartney: la acústica, basada en infalibles melodías, y la más rockera con ritmos enérgicos. Dentro de esta segunda franja, destacan ‘Lavatory Lil’ y ‘Slidin’, esta última poseedora de un gran solo de guitarra, siendo además la canción que más recuerda a su etapa Beatle. No obstante, en los mejores temas del disco es donde sale a relucir la faceta acústica de Paul. ‘The Kiss of Venus’ y la canción que cierra el disco, ‘Winter Bird/When Winter Comes’ presentan a un Paul seguro de sí mismo, dejándose llevar por sus mayores cualidades. Escuchándolas, es imposible no sentirse invadido por un sentimiento de nostalgia al recordar algunos de los mejores pasajes de su trayectoria. Y es que estamos hablando de un tipo que en su día creó joyas eternas e históricas como ‘Blackbird’ o ‘Yesterday’.

En lo negativo, el disco presenta algunas deficiencias claras, representadas principalmente por dos composiciones realmente flojas, como es el caso de ‘Deep Deep Feeling’ y ‘Deep Down’, que encajan fatal en el sonido general y estructura del trabajo. Además, ambas poseen una duración excesiva, son justamente las que más se alargan en el minutaje. Una lástima, puesto que de haber sido excluidas, la calidad global de la obra habría sido ligeramente más elevada.

De todas formas, estos pequeños resbalones no empañan un disco que adquiere un sabor muy especial, precisamente porque su intimismo y singularidad son elementos latentes que aportan al resultado final una gran distinción. Es un trabajo absolutamente casero, donde se perciben destellos firmes del talento de uno de los artistas más importantes y respetados del último medio siglo. A sus 78 años, McCartney continúa dando rienda suelta a su pasión, explorando nuevos horizontes, trabajando en ideas novedosas y, lo más importante, ayudando a salir adelante a los que, una vez, nos enamoramos de la música gracias a él. Paul, ante tanta tristeza y agonía, lanza un mensaje de esperanza en el instante más necesario, poniendo de manifiesto que su vena artística jamás morirá, sino que seguirá su camino de manera infinita.

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