La inextinguible luz de The Doors

The Doors es uno de los grupos más grandes de todos los tiempos, principalmente asociados en la memoria colectiva a la figura del inigualable Jim Morrison, cantante y líder de la banda, conformada también por Ray Manzarek (organista), Robbie Krieger (guitarrista) y John Densmore (batería). Formados en Los Ángeles en 1965, fueron uno de los máximos exponentes de la era dorada del rock, creando una serie de discos magníficos y dejando una enorme huella para la posteridad gracias a su particular forma de ver la vida, sobre todo en el caso de Morrison.

Mi primera aproximación a The Doors fue al ver un documental acerca de su trayectoria, titulado When You’re Strange (2009), donde se expone a la perfección tanto los entresijos del grupo como la coyuntura social de la época, dominada por la cultura hippie y la rebelión juvenil. Lo más impactante es observar el estilo de vida caótico de Jim Morrison, que ejemplificó mejor que nadie los tópicos a los que suelen ser asociadas las estrellas del rock de aquel momento: la rebeldía más absoluta, una forma de ser alocada totalmente afectada por el excesivo uso de drogas y alcohol, todo ello unido a una actitud desafiante y, en algunos casos, algo obscena. Morrison fue un alma libre que no acató ningún tipo de orden, viviendo al límite y siguiendo sus propias reglas.

En cuanto a lo puramente musical, pocos cantantes han poseído un carisma tan cegador, además de una presencia escénica volcánica e inimitable. Al mismo tiempo, tenía una voz profunda capaz de abarcar numerosos registros, y fue un compositor impecable, siempre interesado en la poesía. Construyó letras alejadas de las convenciones, aunque completamente auténticas y personales, transfiriendo a la banda un carácter muy singular. Tampoco hay que olvidarse del resto de miembros del grupo, todos ellos músicos extraordinarios que aportaron una gran dosis de ingenio y creatividad, especialmente Ray Manzarek con sus inolvidables melodías de órgano.

Sus primeros dos álbumes, The Doors y Strange Days, ambos publicados en 1967, son un claro exponente de la genialidad del grupo, pues están repletos de temas eternos, auténticos clásicos del rock. Construyeron un inicio de carrera musical apabullantemente sobresaliente, representado por joyas imperecederas como ‘Break on Through (to the other side)’, ‘Light my fire’, ‘The end’, ‘Love me two times’, ‘People are strange’, ‘When the music’s over’. En los dos próximos trabajos se dejó notar la naturaleza díscola de Morrison, lo que generó desencuentros en el seno del grupo que se extrapolaron a nivel artístico. En Waiting for the sun (1968) y The soft parade (1969) no encontramos composiciones tan brillantes como en los dos álbumes anteriores, aunque temas sublimes como ‘Hello I Love You’, ‘Love Street’, ‘Spanish Caravan’ o ‘Touch me’ garantizan el disfrute y elevan el nivel notablemente. Ya quisieran la gran mayoría de los artistas que sus momentos más flojos fuesen tan álgidos.

Posteriormente, The Doors se dirigieron hacia un sonido blues más tradicional, aunque efectuándolo de manera brillante. En Morrison Hotel (1970) y L.A Woman (1971) recuperan su mejor versión. Precisamente, la canción final de este último álbum, ‘Riders on the Storm’, es mi favorita del cuarteto angelino, probablemente por su valor sentimental, además de por su innegable calidad. Y es que, fue la última canción publicada con Jim Morrison en vida, ya que, tres meses después de la publicación del disco, falleció en su propia bañera, en la ciudad de Paris. Solamente tenía 27 años, y su muerte siempre ha estado envuelta en un gran misterio debido a que no se le realizó una autopsia, por lo que no se conocen las causas concretas que la provocaron. Existen muchas especulaciones, pero el motivo más evidente es el de una sobredosis.

Al fin y al cabo, los excesos se pagan y Jim no se privó de ninguno. Su prematuro deceso no hizo más que acrecentar su leyenda, convirtiéndose en uno de los principales iconos del rock. Nunca dejó indiferente a nadie y enseñó al mundo que, seas como seas, tienes que ser tú mismo, sin ataduras. Él lo fue, único e irreemplazable, con un legado que no permitirá que su intensa luz, aquella con la que deslumbró a millones de personas, se extinga jamás.

“Hago música para reparar mi alma y, con suerte, ayudaré a reparar las de los demás “ - Bruce Springsteen

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