Johnny Cash: una despedida a la altura de la leyenda

En mi caso, hay cantantes a los que me apetece escuchar en cualquier momento, sea cual sea mi estado anímico. Esos artistas me ofrecen todo cuanto necesito, los siento como propios, como si me hablasen directamente. Es interesante la relación emocional que surge con ellos, a pesar de ser consciente de que, como cualquier persona, aquellos a los que admiras e idolatras también tienen sus miserias, y que, seguramente, haya aspectos de sus personalidades que detestarías en caso de conocerlos. Sin embargo, el vínculo que te une es totalmente irracional, emocional. Al fin y al cabo, son compañeros de viaje, han estado en las duras y en las maduras, siempre a tu lado, prácticamente desde que tienes uso de razón.

Por otro lado, hay otra serie de artistas que son idóneos para momentos puntuales, que no los frecuentas en el día a día, pero, llegado el momento y el lugar propicios, su voz, sus canciones, sus discos, su mensaje, son agua bendita, curándote de cualquier mal. En esta franja situaría, sin dudas, a Johnny Cash. Lo descubrí hace muy poco, tan solo unos meses. No conocía prácticamente nada de él y, teniendo en cuenta su extensísima discografía era difícil saber por dónde empezar. Lo hice por la parte final de su carrera, las aclamadas “American Recordings” grabadas junto al famoso productor, Rick Rubin.

La serie consta de seis volúmenes, y en ellos Cash cierra de forma magistral su inmenso legado. Muchas de las canciones de aquellos discos no eran composiciones propias, sino versiones de temas de otros artistas, aunque interpretadas con una personalidad y autenticidad espectaculares, haciéndolas suyas para la posteridad. Al comienzo me centré en los tres primeros álbumes: American Recordings (1994), American II: Unchained (1996) y American III: Solitary Man (2000), este último, mi favorito de los tres gracias a maravillas como ‘One’ o ‘Solitary Man’. Aunque mención especial merece la canción que titula la segunda obra, ‘Unchained’. Absolutamente asombrosa, melancolía pura y dura.

Una vez me familiaricé con Cash, dejé a un lado su música para centrarme en otros artistas. Lo aparqué hasta hace una semana, y retomarlo fue una gran decisión. Y es que, en estos tiempos oscuros, tristes, inciertos, despojados de esperanza, con terribles noticias diarias, es habitual que llegue un momento en el que toda la desesperación que está golpeando a la humanidad te afecte también en el terreno personal, traduciéndose en días o semanas en las que el ánimo empieza a flaquear. Afortunadamente, ahí está Johnny Cash para abrazarte, emocionarte, y hacerte sentir en casa con la profundidad de su voz y sus letras.

Acabé la saga ‘American’, los tres discos que me faltaban por destapar. La cuarta entrega, The Man Comes Around (2002) fue la última con el americano en vida, ya que las dos últimas, A Hundred Highways (2006) y Ain’t no Grave (2010), se publicaron póstumamente tras su fallecimiento en 2003. Puede que sea por eso, pero fueron los que más me impactaron, con la voz susurrada de Cash entonando canciones insuperables, en las que la muerte hacía acto de presencia constantemente. Estos discos, este sprint final, son imprescindibles, pues ponen de manifiesto lo trascendentes que pueden ser los últimos trabajos de un autor. Saber despedirse bien es una virtud a la que le doy mucha importancia, y Cash lo hizo a lo grande, dejando para la eternidad una serie de temas que, en tiempos convulsos, te besan el alma.

“Hago música para reparar mi alma y, con suerte, ayudaré a reparar las de los demás “ - Bruce Springsteen

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